Nunca pensé que la noche de la revelación terminaría con la casa tan silenciosa…
Un silencio que no era de celebración agotada, sino de algo suspendido en el aire, tenso, invisible, como si las paredes mismas supieran que algo se había roto un poco adentro de ella… o de nosotros.
Alice estaba dormida —o fingiendo estarlo— con la espalda hacia mí.
Su respiración era suave, pero no tenía el ritmo de un sueño profundo.
Y yo… yo tampoco podía dormir.
Tenía la imagen de ella subiendo las escaleras c