El día había empezado como todos últimamente: con un guardaespaldas siguiéndome como mi sombra… pero una sombra que respiraba encima de mí, hablaba demasiado y caminaba como si fuera mi escolta presidencial. Ya estaba cansada.
—Señora Miller, permítame abrirle la puerta —decía Isaac, mi guardia personal, cada vez que parpadeaba.
—Solo estoy entrando al baño —repliqué exasperada.
—Igualmente debo asegurar el perímetro.
Quise llorar, reír o estrellarme contra la pared. Y las hormonas no ayudaban.