La noche en el hotel fue una tortura lenta.
Me quedé sentado en la cama, con la ropa aún puesta, mirando la pared como si pudiera encontrar respuestas en las sombras que proyectaban las luces de la ciudad. No atendí ninguna de las llamadas de Isabelle; el teléfono vibraba una y otra vez sobre la mesa como un insecto desesperado, pero yo ya no tenía espacio para escuchar más mentiras.
El bebé no era mío.
La única cosa que durante meses sentí como sólida, verdadera, como un punto fijo en medio de