El avión aterrizó entre la niebla espesa de Boston. Afuera, el mundo parecía suspendido en blanco. El frío me golpeó el rostro apenas crucé la puerta del aeropuerto, pero no me importó.
Había pasado días sin dormir, repasando una y otra vez cada palabra, cada gesto, cada segundo que me había separado de Alice. Y solo una idea me sostenía: no podía perderla.
Mi madre caminaba a mi lado, con su elegancia habitual, aunque sus ojos revelaban el cansancio de ambos.
—¿Estás seguro de que esto es lo