Era temprano en Nueva York y el aire frío de la ciudad me golpeaba como un recordatorio cruel: cada segundo que pasaba sin Alice era un segundo en que podía perderla para siempre. La llamada de Margot me había helado la sangre. Su voz, dulce pero venenosa, me dejó sin aliento: si quería volver a ver a Alice, debía pagar diez millones.
La adrenalina se apoderó de mí. Isabelle estaba a mi lado con gran determinación, no me habia dejado solo ni un instante y la tensión en su mirada era igual a la m