El amanecer llegó despacio, con un resplandor tibio que se filtraba entre las cortinas. El aire olía a café recién hecho y a recuerdos que no terminaban de marcharse. No dormí mucho. Mi mente era un rompecabezas que empezaba a encajar, pero cada pieza traía consigo un dolor distinto.
Escuché pasos en la terraza.
Era mi padre.
Lo observé unos segundos antes de acercarme. Tenía el cabello algo despeinado, las manos firmes alrededor de una taza de café y la mirada perdida en el horizonte.
Esa mis