El viento mecía las cortinas del ventanal cuando llegué a su casa. Claire me abrió la puerta con una sonrisa cansada, pero sus ojos decían lo que sus labios no: “ha tenido días mejores, pero está avanzando.”
Alice estaba en el sofá, con una manta sobre las piernas, el cabello suelto cayendo como un río dorado sobre los hombros. Parecía más tranquila, aunque había en su mirada algo distinto, una especie de niebla que empezaba a disiparse.
—Hola —susurró cuando me vio.
—Hola, pequeña luz —se me e