El reloj del hospital ya no marcaba las horas. Solo el peso del tiempo.
Habían pasado tres meses desde el accidente, tres meses desde que escuché por última vez su voz, tres meses desde que mis manos la sostuvieron entre la vida y la nada.
El hospital de Nueva York tenía ese olor a desinfectante y a flores que mueren demasiado rápido. En la habitación 407, el aire siempre era el mismo: tibio, silencioso, suspendido entre el pitido del monitor y el sonido del respirador. A veces creía que si me