Nunca olvidaré el sonido del monitor. Ese pitido largo, seco, desgarrador.
El mundo se detuvo.
—¡Está en paro! —gritó alguien—. ¡Código azul, quirófano de emergencia!
Y mi corazón simplemente… colapsó junto con el suyo.
Corrí tras la camilla mientras el pasillo del hospital se llenaba de voces y pasos apresurados. Los médicos empujaban el cuerpo de Alice, tan frágil, tan inerte, conectada a cables y tubos, mientras yo solo podía mirar, impotente, como si mi alma fuera arrastrada junto con ella.