El sonido de las máquinas se había vuelto el compás de mis días. Ese pitido constante, tenue, pero presente, era el recordatorio cruel de que ella seguía aquí... y, al mismo tiempo, de que no estaba. Tres meses. Noventa y dos días. Dos mil doscientos ocho horas sentado frente a una cama blanca, viendo un cuerpo inmóvil que alguna vez fue todo mi mundo, y por mi estupides está en esta cama.
Arón se encargaba de los negocios. A veces me enviaba reportes o hacía llamadas breves, pero yo no estaba