Cuando el ascensor se cerró frente a mí, sentí cómo un frío metálico se me alojaba en el pecho. Era la tercera vez en dos semanas que estaba en ese hospital y, de todas, esta había sido la peor.
No por el dolor.
No por el mareo que casi me hizo caer en el pasillo.
Sino por lo que el doctor Graham había dicho con esa calma quirúrgica que siempre me ha parecido insoportablemente cruel en los médicos:
“El tumor ha crecido. Es más agresivo de lo que esperábamos. El riesgo ha aumentado a un 70/30. N