Ese día desperté antes que Alice. No sé por qué, pero había algo distinto en el aire. Quizá era su respiración más tranquila, quizá su forma de moverse entre sueños como si, por fin, el peso invisible que la había mantenido tensa durante semanas se hubiera aligerado un poco. Me quedé viéndola, acariciando su vientre apenas cubierto por la sábana. Nuestra hija se movió con suavidad y sonreí.
Mi princesa… ya casi estás aquí.
Alice abrió los ojos despacio, como si despertara de un sueño profundo.