El motor del auto rugía con fuerza mientras Andrés mantenía ambas manos firmes en el volante. Mario iba a su lado, con la mirada perdida por la ventana, los ojos enrojecidos y las lágrimas desbordándose sin consuelo. No hablaba, solo respiraba entrecortadamente, como si cada bocanada de aire le doliera.
—Ya cálmate, Mario —dijo Andrés con voz serena pero firme—. No es bueno que Leonardo te vea así... desbastado. Tienes que ser fuerte. Él nos necesita más que nunca.
Mario se frotó el rostro con