Santamaría condujo sin pronunciar palabra por una carretera solitaria, entre montes y caminos sin señales. El silencio era peso dentro del auto, solo interrumpido por el ronroneo del motor y el crujir de las llantas sobre el terreno terroso. Victoria, atada por el miedo y la incertidumbre, no se atrevía a hablar. Solo lo miraba de reojo, intentando descifrar en su rostro alguna pista sobre su destino. Finalmente, el auto se detuvo frente a una cabaña oculta entre los árboles.
Santamaría bajó pr