La humedad del amanecer se filtraba entre las rendijas del viejo galpón abandonado. El olor a combustible impregnaba el aire, mezclado con el sudor, la sangre seca y el miedo. Una débil luz gris se colaba por los ventanales rotos, iluminando apenas los rostros de los presentes. Atados a sillas metálicas, Leonardo y Mario permanecían inmóviles. Isabella, también atada, había dejado de llorar, pero sus ojos seguían rojos. Andrés luchaba por entender lo que estaba pasando.
-¡Victoria! —exclamó And