Esteban bajó de su auto con calma, cerrando la puerta con suavidad. El viento fresco de la noche agitó ligeramente las solapas de su elegante abrigo. Se ajustó el cuello de la camisa con movimientos medidos y tirón de las mangas del saco oscuro para alisar cualquier pliegue. El brillo discreto de su reloj de pulsera asomó bajo el puño. Caminó hacia la entrada principal con paso seguro, su calzado apenas resonando sobre las baldosas del sendero.
Al llegar a la puerta, estiró la mano y presionó e