Mientras tanto, Rosa había comenzado a subir las escaleras al escuchar el tono elevado de la voz de su yerno momentos antes. Tocó con suavidad la puerta de la habitación de Isabella.
—¿Hija? ¿Puedo entrar?
—Sí, mamá. —Pasa —respondió Isabella con la voz aún cargada de tensión.
Rosa entró y encontró a su hija vestida, sentada al borde de la cama, con la mirada baja. El ambiente tenía el aroma de perfume floral mezclado con la humedad del cabello recién lavado.
—¿Estás bien? —Se escuchó los grito