Leonardo abrió la puerta con determinación. Sus pasos resonaron en la madera mientras entraba al cuarto de Isabella. La habitación estaba ligeramente iluminada por la luz del atardecer que entraba por las cortinas entreabiertas, tiñendo todo con un resplandor cálido y suave. Al instante, se detuvo.
Allí estaba ella. De pie, con una toalla blanca envuelta alrededor de su cuerpo, su piel aún húmeda brillaba bajo la tenue luz, y su cabello mojado caía en mechones oscuros sobre sus hombros. Isabell