El silencio dominaba la elegante casa de Valeria. Las cortinas semitransparentes dejaban pasar la luz tenue del mediodía, mientras una brisa ligera jugaba con los pliegues de la tela. Sentada en el centro de su cama, con las piernas cruzadas y un batón de satén color marfil, Valeria observaba la puerta cerrada con los ojos entrecerrados. Su expresión era una mezcla de frustración, orgullo herido y una pizca de satisfacción perversa.
Leonardo se había marchado sin mirar atrás. La había dejado so