Allí estaba ella. Victoria, acostada, con el rostro pálido pero aún imponente. Sus ojos estaban cerrados, pero cuando sintió la presencia, los abrió lentamente… y entonces lo vio.
—Hola, Victoria —dijo Santa María con una sonrisa cínica mientras se acercaba al borde de la cama.
El tiempo pareció detenerse. El silencio pesó como una losa.
Victoria lo miró con frialdad, con ese fuego en los ojos que solo el odio verdadero puede encender.
—Santa María… —Dijo su nombre como una maldición.
—Tranquil