Leonardo miró hacia la oficina de Isabella, notando que estaba vacía. Un sentimiento de inquietud se apoderó de él.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó, tratando de mantener la calma mientras llamaba a su secretaria.
La secretaria lo miró con preocupación.
—Señor, ella se marchó. Apenas escuchó sus gritos, salió corriendo. Creo que iba llorando.
Leonardo sintió que el estómago se le encogía.
—Perfecto —murmuró, su voz llena de frustración—. Lo que me faltaba, ahora lastimé a Isabella con