Leonardo entró en su oficina con la mente en un torbellino de emociones. La imagen de Valeria despidiéndose de él seguía doliendo, y no pudo contener una lágrima que rodó por su mejilla. Fue en ese momento que su padre, Don Mario, entró sin avisar y lo vio en ese estado vulnerable.
—¡Leonardo! —exclamó Don Mario, con un tono de reproche—. ¿Qué está pasando aquí?
Leonardo, al sentir la mirada de su padre, sintió que la frustración lo consumía.
—Ya basta, papá —gritó, sin poder contenerse—. Me de