Cuando sonó el portero avisando que Alessandro había llegado, mi corazón empezó a latir más rápido. Gabriel salió corriendo hacia la puerta, emocionado, y cuando bajamos y vio a Alessandro apoyado en el coche, con aquella camisa de lino clara, la barba perfectamente recortada y una sonrisa en el rostro… los ojitos de Gabriel brillaron.
—¡Tío Alessandro! —gritó, echando a correr.
Antes de que pudiera decir nada, se lanzó directo a sus brazos. Alessandro lo levantó con tanta facilidad que parecía