Desperté con un leve cosquilleo en el estómago. ¿Sabes cuando el cuerpo se despierta antes que la mente, pero en cuanto la mente recuerda lo que pasó la noche anterior… todo se desata?
Pues eso mismo.
El beso, los abrazos, la forma en que Alessandro me miró, me habló… parecía otro hombre. Y lo peor —o lo mejor— es que le creí cada palabra. Pero todavía era pronto para saber si ese cambio sería para siempre.
Aun así, sentía el pecho más ligero.
Me puse una sudadera, recogí el pelo como pude y fui a la cocina a preparar café. Gabriel seguía dormido. Cogí el móvil, abrí el grupo con Cathe, pero me contuve de escribirle. No, eso era tema para hablar cara a cara. Así que, cuando Gabriel se despertó y desayunó, le pedí a Julia que se quedara con él y salí.
Llegué a casa de Cathe tocando palmas en el portón.
—¿Qué ha pasado? —preguntó nada más verme con esa cara de quien intenta ocultar un secreto.
—Necesito hablar contigo —dije, medio avergonzada, conteniendo una sonrisa.
—¡Dios mío, tienes