Estaba completamente con los ojos vendados y, aun así, no podía dejar de sonreír. El sonido del coche reduciendo la velocidad me hizo sentir todavía más curiosidad. Lucas, a mi lado, también llevaba los ojos tapados y no paraba quieto; se notaba su energía vibrando en el aire.
—Papá… ¿falta mucho? —preguntó por tercera vez, apretándome la mano.
—Falta solo un poquito, campeón —respondió Diogo, con ese tono suyo tranquilo y divertido—. Prometo que os va a encantar.
—Me estás matando de curiosidad, Diogo —murmuré, riendo nerviosa—. ¿Adónde me llevas así, eh?
—Confía en mí, amor —dijo, y pude oír la sonrisa en su voz.
El coche se detuvo y, antes de que pudiera decir nada, Diogo salió primero. Escuché la puerta abrirse a mi lado y sentí su mano ayudándome a bajar. El suelo bajo mis pies parecía de piedra lisa, y el aire era distinto, más puro, con olor a pinos y tierra húmeda. Se oían pájaros a lo lejos y todo estaba tan tranquilo que me recorrió un escalofrío agradable por la piel.
—Todo