Estaba completamente con los ojos vendados y, aun así, no podía dejar de sonreír. El sonido del coche reduciendo la velocidad me hizo sentir todavía más curiosidad. Lucas, a mi lado, también llevaba los ojos tapados y no paraba quieto; se notaba su energía vibrando en el aire.
—Papá… ¿falta mucho? —preguntó por tercera vez, apretándome la mano.
—Falta solo un poquito, campeón —respondió Diogo, con ese tono suyo tranquilo y divertido—. Prometo que os va a encantar.
—Me estás matando de curiosida