El móvil vibró encima de mi mesa y, al ver el nombre de Diogo en la pantalla, ya imaginé el motivo de la llamada. Contesté, ajustándome el auricular mientras firmaba digitalmente un documento en la tableta.
— Dime, Diogo. No me digas que se te ha olvidado programar esa reunión...
— Nada de eso —respondió al otro lado, con su voz tranquila, aunque con un ligero tono de duda—. He conseguido concertarla con Alessandro para esta tarde.
— Hm... ¿y él sabe de qué se trata?
Silencio.
— ¿Diogo? —arqueé