Alice
Salí del restaurante a las seis en punto, como de costumbre. A veces me cambiaban el turno a mitad de semana, pero hoy todo tranquilo. Al menos por fuera, porque por dentro, mi cabeza era un tambor de escuela de samba.
Me senté en el banco de la parada de autobús con la sensación de cargar una mochila invisible llena de cuentas, preocupaciones y un recibo emocional llamado "familia". Llegó el autobús, me subí e intenté no pensar demasiado. Algo que, para mí, era como intentar no respirar.