Alice
El sol apretaba fuerte cuando Julio y yo llegamos a la plazita cerca de la estación. Ya veníamos con el ritmo de la fiambrera, que me comí como un tractor sentada en la moto al aparcar, porque el tiempo era cortísimo. El arroz casi me atraganta cuando Julio soltó una tontería.
—No quiero que te mueras antes de repartir los kits —bromeó, dándome agua y equilibrando la mochila llena a la espalda—. Por lo menos muérete después de repartir el último cepillo de dientes, ¿vale?
—Muy gracioso. Vamos, ya terminé. —Guardé la fiambrera en la bolsa y salí, empujándole el hombro levemente.
Rodrigo y Lúcia ya nos esperaban, apoyados en un banco con cara de llevar horas esperando. Eran amigos de la época de la facultad. Lúcia vino enseguida a abrazarme, llena de energía. Rodrigo levantó la mano en un saludo contenido, pero con esa sonrisita torcida de quien todo le parece una leve broma interna.
—Casi pierdes el horario otra vez, ¿eh, Alice? —dijo, arreglándose la camisa formal que claramente