Alice
El sol apretaba fuerte cuando Julio y yo llegamos a la plazita cerca de la estación. Ya veníamos con el ritmo de la fiambrera, que me comí como un tractor sentada en la moto al aparcar, porque el tiempo era cortísimo. El arroz casi me atraganta cuando Julio soltó una tontería.
—No quiero que te mueras antes de repartir los kits —bromeó, dándome agua y equilibrando la mochila llena a la espalda—. Por lo menos muérete después de repartir el último cepillo de dientes, ¿vale?
—Muy gracioso. V