El sábado fue una locura. Alice había reservado el día para que fuéramos al centro comercial y yo confieso que, en el fondo, estaba nervioso. No tanto por las compras, sino porque verles juntos, a ella y a Lucas, ya valía cualquier cosa.
Caminaba unos pasos por detrás, observando a Alice sujetar la mano de mi hijo, señalando tiendas, comentando escaparates y, de vez en cuando, agachándose para susurrarle cotilleos sobre algunas personas que pasaban. Los dos se reían como cómplices, y yo no podí