En el oscuro calabozo, Alaric golpeaba furiosamente las rejas, y el sonido metálico resonaba de manera muy molesta en la opresiva atmósfera.
En su rostro se podía ver el enojo puro mientras miraba con asco el lugar que lo confinaba y a pesar de la fatiga y la incomodidad, se negaba a sentarse en la pequeña y desgastada camita.
—¿Cómo se atrevió a encerrarme? ¡Yo no soy un don nadie! — bramó tan furioso que su voz vibraba de rabia reprimida, puesto que, sentía el peso de su orgullo herido, y cre