Prejuicios y temores.
La humedad picaba por debajo de las rodillas de Dayanara, pero ella aguantaba sin hacer ningún movimiento. Mantenía la cabeza agachada, permitiendo que las lágrimas que brotaban de sus ojos lavaran sus pesares. Imaginaba cuál sería la respuesta de su padre, ya que siempre le había pedido que eliminara a esa niña inocente, que no era culpable de que ella diera rienda suelta a su amor con una criatura de otra especie.
Mientras tanto, Arabella, con los brazos cruzados sobre el pecho y balanceando