86. Conflictos agravados
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Eva
Esa noche...
La cabaña estaba en silencio. Los niños dormían en la habitación contigua, exhaustos después de un día largo.
Magnus y yo estábamos acostados, como tantas otras noches últimamente.
No hablábamos mucho, pero compartíamos el mismo espacio. El mismo calor. El mismo consuelo silencioso que dan los cuerpos cuando se reconocen sin necesidad de palabras.
Me acurruqué más cerca de él. Sentí su brazo envolverme con suavidad, como si el gesto ya fuera una costumbre natural, instintiva