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Eva
Cuando regresamos a la habitación, el silencio era distinto. Más íntimo. Magnus cerró la puerta detrás de nosotros con suavidad, y su cuerpo casi enseguida se pegó al mío, cálido, protector, temblando apenas con algo que parecía necesidad contenida.
Me tomó de las manos y me condujo a la cama con una delicadeza inusual para un lobo como él. Me senté, y él se arrodilló a mis pies. Sus manos, fuertes y cálidas, comenzaron a acariciar mis piernas, mis muslos, mis caderas, como si quisi