74. Dolor
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Eva
La sala olía a sangre.
A su sangre.
Lo llevé como pude, mi cuerpo cubierto de lodo, heridas y el recuerdo aún ardiente de la batalla. Magnus apenas respiraba, su pecho subía y bajaba en intervalos irregulares y yo podía sentir cómo el veneno se expandía con lentitud, robándole lo poco de fuerza que aún tenía.
—¡Abran paso! —grité al llegar a la puerta de la sala médica—. ¡Necesito ayuda ahora!
Los guerreros se apartaron. Yo no esperé. Lo llevé dentro, su cuerpo enorme colgando sobre el m