56. Las disculpas llegan tarde
56
Eva
La miré con todo el odio que sentía en mi interior. Si bien no podía matarla sin un debido juicio, sí podía hacerla sufrir un poco.
La incredulidad en el rostro de Serena era digna de ser inmortalizada. El entendimiento de que Magnus la había abandonado se instaló en su pecho como un puñal, y la misma certeza se reflejó en los ojos de todos los presentes.
Mis guerreros me observaban con preocupación, pero la manada… La manada me miraba como si me notaran por primera vez, después de años