23. La seguridad de mis hijas
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Annie
Pude sentir, desde el primer instante, que entre los hombres que nos rodeaban había uno de alto rango. Su porte, la firmeza en su mirada y la autoridad en cada uno de sus gestos dejaban claro que no era un simple seguidor. Con el corazón acelerado, me arrodillé en el suelo y, casi sin titubear, dije:
—Lamentamos mucho invadir la propiedad de otra manada, señor —me apresuré a disculparme.
A mi lado, la anciana que me acompañaba, con voz temblorosa pero decidida, explicó:
—Nos seg