El eco de los pasos de Raúl Ferré al ser escoltado fuera del salón de galas se extinguió rápidamente, absorbido por la alfombra acústica y la pesada atmósfera de la cúspide. Ninguno de los directivos restantes se atrevió a emitir un sonido. Los rostros de los inversores internacionales, antes marcados por la arrogancia del capital global, reflejaban ahora una silenciosa y profunda rendición ante la implacable demostración de poder de la heredera.
Luisa permaneció de pie junto a su asiento en la