LUISA
Los muros del castillo nunca me habían parecido tan altos. No era una cuestión de metros o de arquitectura; era el peso de la historia que se respiraba en cada pasillo. Aquel mármol blanco, impoluto y frío, parecía absorber cualquier rastro de calidez humana.
Caminaba al lado de Raúl, sintiendo cómo el eco de mis pasos descalzos rebotaba contra las paredes, como si el propio edificio estuviera escupiendo nuestra presencia. No llevaba joyas. No llevaba las sedas que me impusieron durante