LUISA
La decisión no se selló con un decreto, ni con una ovación de esas que te rompen los tímpanos, ni con la firma de un notario que huele a polvo y a conveniencia. Se selló con un silencio. Pero no era un silencio vacío; era uno denso, casi físico, una presión en el aire que te obligaba a tragar saliva para asegurarte de que todavía podías respirar. En la sala del Consejo, aquel lugar que siempre había funcionado como una trituradora de voluntades, el ambiente era irrespirable.
Tras la vota