282. El cuenco de la luz.
Narra el asesino (anónimo)
Hay niños que rompen.
Otros que se pliegan.
Y algunos… que aprenden a observar.
Dulce pertenece a este último grupo.
Al principio no hablaba. Ni una palabra. Ni una lágrima. Se sentaba al borde de la cama, con los ojos abiertos y los brazos cruzados como si estuviera conteniendo el universo dentro del pecho.
Yo no la presioné.
Los niños tienen su propio idioma.
Uno que no se aprende en las escuelas ni en los hospitales ni en las novelas de autoayuda. Se aprende en la