163. Los que saben de justicia no duermen bien.
Narra Lorena.
Han pasado dos meses.
Sesenta noches en la misma cama prestada, en una casa que no es mía, en una vida que no pedí. El aire acá es limpio, pero no me entra. La comida es caliente, pero no me llena. Tengo nombre, documentos, teléfono… pero no tengo voz.
Estoy viva. Bajo custodia.
Como un testigo protegido o una pieza frágil de museo.
Por orden de Gomes, siempre hay alguien conmigo. Una patrulla frente al porche. Alguien vigilando las cámaras. Una rutina de llamadas diarias y psicól