148. Asfalto, boleros y desconfianza.
Narra Lorena.
No sé cuánto tiempo llevo subida en esta camioneta. El asiento es duro, vibra como un tren oxidado y huele a empanadas de gasolinera. Pero a estas alturas, cualquier vehículo que no me lleve al infierno de nuevo, es un maldito lujo.
—¿Quiere una pastilla de menta? —pregunta Torrez desde el asiento del conductor, con ese tono suyo tan de “tío que hace chistes malos en Navidad”. Me lanza una sin mirar, y tengo que atraparla al vuelo con una mano esposada.
—Gracias. Pensé que hoy sol