133. Veneno bajo la lengua, fuego entre las piernas (segunda parte)
Narra Lorena.
No duermo.
Ni un segundo.
Ni siquiera pestañeo más de tres segundos seguidos, porque cada vez que cierro los ojos lo único que veo es ese maldito celular.
Ese aparato negro, frío, chiquito, que late debajo de la almohada como un corazón ajeno, como una bomba cargada con todos los secretos que podrían matarme.
Y no es una metáfora.
No en esta casa.
No con él.
Ruiz duerme.
Duerme como duerme un tipo que disparó esa misma tarde, que corrió entre balas, que gritó órdenes por la radio