No puedo negar lo que siento.
Catalina aún podía escuchar la voz de Luciano en algún rincón de la mente.
Había pasado la mañana intentando distraerse con los niños, con Giselle, con cualquier cosa que no tuviera forma de amenaza. Sin embargo, cada vez que el silencio regresaba, su respiración se volvía más corta y la imagen del nombre “Luciano Moreau” en la pantalla del teléfono regresaba con una nitidez que le oprimía el pecho.
No era miedo lo que sentía ahora, sino un cansancio profundo, el tip