El amanecer napolitano no prometía paz. Julian y yo nos vestimos en silencio. Yo con el vestido sencillo de seda, él con el traje oscuro de corte napolitano. Éramos la imagen perfecta de una pareja elegante que había venido a cerrar un trato, no a sabotear una venganza.
—No vamos a ir a rezar, Agustina —dijo Julian, asegurando una pistola bajo su chaqueta.
—Lo sé. Vamos a ver cómo la familia de tu abuela le cobra a la familia de tu padre —repliqué, sintiendo el peso de la historia.
Julian se gi