El ambiente en la oficina de Valeska era tenso. Aunque la jornada laboral seguía su curso y los empleados se desplazaban de un lado a otro con documentos en mano, atendiendo llamadas y cumpliendo con sus tareas diarias, dentro de su despacho, la atmósfera era completamente distinta. Había una quietud espesa, incómoda, llena de palabras no dichas y pensamientos reprimidos.
Mikhail estaba sentado en una de las sillas frente al escritorio de Valeska, con los codos apoyados sobre sus rodillas y la