El silencio dentro del hotel era sofocante. Apenas cruzó la puerta de su habitación, Lisandro sintió como si todo el aire a su alrededor se volviera pesado, denso, cargado de una quietud insoportable que solo servía para recordarle lo que había ocurrido horas atrás.
Cada pared, cada mueble, incluso la tenue iluminación del lugar, le parecía ajena, como si estuviera atrapado en un espacio que no le pertenecía, en una vida que ya no reconocía. A pasos lentos, avanzó hasta dejarse caer en el sofá,