El bar al que Mikhail la llevó no era como los que Valeska solía frecuentar. No tenía la elegancia de un bar de alta categoría ni la música suave de un lugar exclusivo, sino que era más bien un sitio discreto, donde las luces eran lo suficientemente tenues como para disimular las miradas inquisitivas y donde el aire se sentía cargado de historias sin contar.
Parecía el tipo de lugar en el que la gente venía a escapar de sus propios pensamientos, donde el alcohol servía como un refugio silencios