La medianoche envolvía el puerto en una niebla espesa, con el olor a sal y metal flotando en el aire. Los contenedores apilados formaban un laberinto oscuro, iluminado solo por farolas parpadeantes.
Lisandro estaba de pie en el muelle, con el viento agitando su chaqueta. Su rostro era una máscara de calma, pero su corazón latía con furia. Había planeado cada paso: los videos que hundieron a Iskra, la traición de Samuel, la filtración que expuso a Dante Salazar como el padre de su hijo. Ahora, e