Oliver caminaba por el pasillo del hospital con un nudo en el estómago que no se deshacía desde la conversación que acababa de tener con Lisandro. La frialdad de sus palabras, disfrazadas de desesperación, todavía le retumbaban en la cabeza.
No había sido una amenaza directa, pero lo había dejado claro: si Valeska no volvía, si no había una oportunidad para ellos, entonces él no tenía motivos para seguir intentando. No cooperaría más con los tratamientos, no querría vivir.
Y no lo dijo llorando